Tengo imágenes que no se si son verdad o las he ido inventando poco a poco. Yo, de niña, soñándome. Imaginando mi casa, con sus árboles, sus flores, su romanticismo sencillo. Soñaba como vivía y escribía historias mas allá de lo que me atrevía ni a fabular. Leía, porque necesitaba geografías, personajes, tramas, misterios… Allí en un universo medido en metros cuadrados, se convocaban sortilegios, sabios, ritos y mitos. Tras la puerta el runrún da la televisión y el cacharreo de la cocina. Oía el zumbar de las moscas de Machado y el canto asfixiante del marqués de Bradomin. Entonces el tiempo era pringoso, lento, pegajosamente calido en los eternos veranos. Yo, seguía soñando con palmeras y perfúmenes de jazmín y madreselva. Esninfaba en el ramito que llenaba de sensualidad la noche. Con la fresca cerraba a cal y canto, y a dormir. Mientras el sol achicharraba hasta el asfalto. Y así, día tras día esperaba el otoño.
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